
Esta mañana, en el fondo del agua, cuando después de hacer mis largos, me dedico a hacer de sirena, que me encanta, me he topado conmigo diluída y expandida. Así sólo me siento en el agua. El sordo silencio hace que yo desaparezca y me sienta una con todo. Al llevar tapones para proteger mis oídos, oigo mi respiración, lo que, lejos de individualizarme, me lanza aún más a mezclarme con la Energía que todo lo trasciende.
Allí no suelo pensar. Alterno contar largos con decir mantras curativos. Alguna vez llevo mi cabeza-corazón hasta lugares paradisíacos, mis islas mágicas, que no son más que retazos de mi vida o todos mis sentidos puestos en pie.
Hoy he querido repasar el fin de semana tan fabuloso que me ha regalado la vida. Mis hijos han estado conmigo, eso significa no parar, planes y más planes, abandonar mis ratos, la casa y esa lista de cosas pendientes. A pesar de que Jaime siempre quiere salir de casa antes de tiempo y Paula mucho después, de que ya, casi siempre, cada uno quiere hacer sus propios planes y entonces yo a veces me siento como la mamá elástica de "Los Increíbles", pero sin tanto dominio...; pese a que tuve que aparcar hacerme la manicura, depilarme, acabar ese cuento que tengo a medias, releer a Machado, en cuyos brazos me duermo últimamente sin conseguir pasar la hoja, la fortuna no dejo ni por un minuto de sentirla. Y es que pasé de ser una mujer estrellada a una mujer con estrella, porque así, un día, lo decidí. Y ahora no puedo dejar de ser FELIZ.
Ayer mamá cumplió 84 años. Años ha, después de pasarme ella el testigo, era mi casa el cuartel general, comidas, cenas, bullicio, familia a destajo celebrando cualquier cosa. Hoy es mi hermana pequeña la que desempeña ese papel, por cosas de la vida. Mis hijos echan de menos aquel ir y venir de unos y otros, es lo que tiene mudarse al campo, que surge la pereza de la gente. A lo que voy, parece que las reuniones familiares son siempre iguales, pero no es así. Siempre hay un color nuevo que descubres si sabes mirar. Un sonido diferente. Un gesto desconocido. Un renacer de algo que languidecía. Un nuevo agradecimiento.
Miraba a mamá, con ese cutis que da envidia, ¡ni una arruga!, es alucinante, cualquiera de las hijas o nueras tenemos más que ella. Veía en sus ojos, en su gesto, en su sonrisa, una paz nueva, una serenidad muy serena. Nunca la había visto así.
Y papá, siempre con su mano en la de mamá, con esa ternura de devoto enamorado, así que pasen los años.
Luego estaban los nietos, creciendo momento a momento, fuertes, sanos, llenos de energía, sonriendo, compartiendo. Sintiendo las profundas raíces que los condujeron hasta aquí.
Y yo pensaba si se puede pedir MÁS. Creo que no. Mis padres, un trabajo hecho. Mis hijos, un trabajo por hacer. Mis hermanos y yo, trasvasando el amor de una cuenca a otra, repitiendo la historia a nuestro modo, con nuevas pinceladas, con nuevo ritmo. Pero, al fin y al cabo, AMOR ES y no es más ni menos que eso.
MilGracias doy por esta vida.