Casi estaba poniédome al día en mi nuevo trabajo. Hoy miraba mi mesa con satisfacción, comprobando que los montones que estaban esperándome para mi aterrizaje, habían bajado considerablemente. Pues a eso de las doce y pico se me ocurre abrir mi book y buscar el móvil dentro del bolso, como si presintiera que tenía una llamada perdida. No era una, eran seis, del cole. Llamo inmediatamente porque estaba empezando a ponerme nerviosa, seis llamadas del cole de tus hijos quieren decir que algo ha pasado con alguno de ellos. Me dice María, la secre, que Paula se encuentra fatal, como desmadejada y con fuertes dolores abdominales. Lo normal hubiera sido que saliera disparada, pero trabajo recién estrenado, ya se sabe, te da no sé qué ausentarte tan pronto, sea por lo que sea. Y es que las madres solas no tenemos mucha elección en cuanto a nada. O sea, que si te piras de la ofi te remuerde la conciencia. Pero, si no vas a buscar a tu hija para llevarla a urgencias, ni te cuento.
El caso es que, antes de hacer un movimiento, trato de localizar al padre de mis hijos para ver si, por una vez en la vida, puede él ocuparse de estos menesteres, dadas mis circunstancias. Cómo no, "coincide", también como siempre, que hoy él está fuera de Madrid, ¡vaya por Dios! Salgo disparada, ahora sí, tras las debidas explicaciones a mi jefa, quien me dice que marche tranquila, no sin antes enconmedarme un nuevo proyecto para cuando vuelva, precisamente en ese momento. Y me lo contaba y me decía que empezara a darle vueltas para ver cómo acometerlo. Yo la escuchaba sin dar crédito. No puede ser verdad que haya entrado en el despacho de mi jefa para decirle que me tengo que ir enseguida con mi hija al hospital y ella haya aprovechado la coyuntura para decirme algo que sí podía esperar, no mi hija. En fin...
He llegado al cole y me he quedado más pálida que Paula, que estaba como un pergamino. María me ha tenido que ayudar a cargarla hasta el coche porque era como un peso muerto. Paula es una niña dura, no se queja por nada, así que, claro, me he asustado porque estaba en un "ay" y no había forma de que pudiera incorporarse. Hemos llegado al Puerta de Hierro, el nuevo, que es fabuloso en pediatría. No nos han hecho esperar más de cinco minutos antes de pasarla a calificación. La han explorado en General, le han puesto una vía con Nolotil y, finalmente, la han pasado a Ginecología. Yo ya barruntaba por dónde iban los tiros porque hace tiempo que se queja de dolores de ovarios. Después de descartar algo quirúrgico, vuelta a observación en la silla de ruedas. Pero, Pau ya estaba mucho mejor porque hacía un rato que preguntaba que cuándo podría comer. Los médicos sonreían, como diciendo "aún queda un rato". Ni agua, por si había que operar. Finalmente, el diagnóstico acabó coincidiendo con el que yo había dado cuando empezó todo ésto (ningún día tan escandaloso dolor como el de hoy): su organismo se tiene que ajustar a su nuevo sistema hormonal.
Le han hecho su primera eco abdominal. Me ha encantado ver sus ovarios, pequeñitos, perfectos, sanos. Está limpia como una patena, ¡gracias a Dios!. Y, como en la sanidad pública tratan muy bien a los púberes y compañía, una vez entregado el informe y retirada la vía, nos han traído la merienda: "Para tí tambíen, mamá". Uff, ¡qué ilusión!, yo estaba sin comer y a punto de desfallecer. Y hemos merendado las dos tan contentas.
Cuando todo estaba ya resuelto, como suele hacer, ha aparecido su papá, siempre a tiempo para dar un besito, poner una sonrisa, hacer un mimo y largarse por donde vino. Es genial ésto, ni una sola vez en trece años ha hecho más que llegar cuando ya no había nada que hacer. No, miento, una sí, en que yo estaba fuera de España y le tocó tragarse el super dolor de Pau cuando le colocaron el radio a las bravas, después de una multifractura. Pero, por supuesto, él que por teléfono sólo dice "sí-no-te cuelgo", en aquella ocasión me lo contó todo con pelos y señales, con el nada oculto fin de amargarme los dos días que me quedaban por disfrutar. Y, desde luego, lo consiguió.





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