Muy, muy en silencio,
absorta en un aire sin nombre,
sola, tranquila y vacía,
acojo en mí la brisa de la tarde.
Me siento como un tallo quebrado,
magnífico, inmóvil y peregrino.
Mar amigo, amante, duende
en mis noches de atalaya,
cercanas a la nada de ti.
Grande como ese todo, grácil,
de alta cuna y resplandor oblícuo.
Tiene que ver con el tiempo,
ese querer, se fragua con besos
y miradas y dulces de naranja macerada,
con el azahar que nace de mi cuerpo
ungido, emanando un perfume palpable.
Ese amor silencioso y paciente.
La esencia de la belleza, tanta belleza,
que sólo puede sentirse
a través de un espíritu vacío.
Sin historia, sin inercias, sin cuentas.
Es una cuestión de tiempo y rosas.
Porque lo bello es lo que se coge
en el momento en que ocurre.
Quizá estar vivo sea ésto,
perseguir la belleza del instante
y rendirle culto a su muerte.
Sonreírle a la también efímera
herida que nos deja ese sabor
y transformarlo, por obra de la fe,
en agua clara y límpido aire.
Engendrar, universalizar.
Intuir su esbozo.
Abrigar el corazón, desnudándolo.
Sin contienda ni rebelión.




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