
El término ‘obsesión’ lo emplea la psicopatología para indicar una alteración mental, caracterizada por pensamientos insistentes que dominan y atormentan a una persona, que no puede desechar o librarse de ellos, aun cuando sabe que no tienen fundamento.
-Profesor Arkaneen-
Es lamentable el número de personas convencidas de que viven en los residuos de una relación maquiavélica. Creen firmemente que vivieron un amor apasionado y único. Apasionado sí lo fue y único en su especie, también. Mas, de amor, ni un punto.
Y es que alarma comprobar cómo nuestra estancia en este mundo -minúscula en el tiempo, por otra parte, si nos adentramos en la cosmolgía- la queremos convertir a toda costa en una peli de miedo. Pasé por aquéllo, pasé, sí, como cada cual (no existen excepciones, pues antes o después erramos de ese modo los humanos). Es por eso que sé de lo que hablo. La obsesión, cualquiera sea su objeto, es infructuosa como pocas actividades mundanas. Nada de espíritu, el espíritu no se obsesiona, el espíritu puro, se entiende. Contaminarlo con la obsesión es adulterarlo, utilizarlo para un fin que le es ajeno. La obsesión, digo, no tiene frutos, a no ser aquéllos que desembocan en el dolor. Sin embargo, el dolor, para una servidora, en este ecuador dulce que atravieso, no es un fruto ni un disfruto, es, simplemente, la consecuencia de un o varios errores.
Nos gusta el dolor. Por eso le damos cancha. La ignorancia de lo que realmente somos, del tesoro que vive en nosotros, del puro amor que estamos hechos, nos impide trabajar para ir pulverizando eso que llamamos `dolor´, hasta que no quede de él ni las raspas. Claro que eso implica un auto compromiso cotidiano, que no baje la guardia ni un sólo instante, que, ¡faltaría plus!, no estamos dispuestos a asumir.
La obsesión es letal. Paraliza los sentimientos hasta que únicamente ese fantasma absurdo y bobalicón ocupa y se ocupa de anular toda neurona que nos quede a favor de la vida. Desnaturaliza, no lleva a buen paradero y, sobre todo, machaca a todo ser que convive contigo, que te quiere y es sabedor de la maravilla que llevas en tu interior, a la cual te estás dedicando a tirotear con un millón de dardos infernales.
Ya, pero explícale tú a un obsesivo que lo que sufre no es la consecuencia de aquel amor super amor que él/ella vivió. No lo intentes. Es imposible. No te escuchará. Es más, te acusará de no comprenderlo, de querer boicotear su `dolor´, ése que sólo sufre una absoluta víctima de conductas ajenas, porque, dicho sea de paso, ¿cómo yo voy a ser responsable-culpable de la forma en que viví aquéllo que viví?
Ríos de tinta corren sobre este tema allá donde leas. Es el mal secular de las vidas que no quieren mirar hacia delante y buscar, a toda costa, la felicidad, en vez de malgastar su tiempo y energías alimentando un fantasma, una actitud repetitiva y fuera de lógica, que únicamente puede situarte en un estado crítico, o sea, en la involución más perfecta.




1 comentarios:
la foto me da tuto.
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