...yo quiero amanecer. La hora bruja de los colores mágicos en el corazón que emana vida camina hacia esas horas en que el ser humano necesita ir de caza para conseguir el sustento diario.
Y este instante en el que cada cual sueña con lo que quiere o puede, en que los bebés mueven sus tripitas en un son indescriptible con el pálpito de la tierra, en que un hombre y una mujer se acarician más allá de ayer y de mañana, es el instante de la fertilidad del alma.
Ya me gustaría a mí despertar cada día a esta hora sin cabecear durante el día. Ya quisiera yo que cada madrugada tu mano tomara la mía y me pusiera en pie para regalarle al mundo mi primer suspiro del día, mi primer pensamiento fértil, mi primera sonrisa a las estrellas.
No puedo evitar que las estrellas fueran siempre mis amigas. No puedo evitar mirarlas cada noche y, cuando tú vienes a mí, cada minuto previo al amanecer. Ellas son como el agua. Nunca dejan de brillar y de nutrirme. Y de contarme, aconsejarme, susurrarme las líneas maestras del día.
Sin embargo, ahora, rondando el medio siglo, resulta que necesito dormir mucho, que mis energías se apagan como una velita, a media mañana, cuando todos casi se están desperezando en este país nuestro tan sui generis, si es que he osado amanecer contigo. Con tu mano. Con tu beso. Entre los pliegues dorados de tu pureza. Y restriego mi hábito cotidiano de hielo por toda la cara, sintiendo el gélido abrazo de toda la sangre del mundo palpitando dentro y fuera de mí. Y fumo. Y voy, ya, por el tercer café... Y termino de despertarme. Pero, más tarde, ¡ay!, allí estará la espada de la somnolencia amenazándome a lo largo de todas las horas.
Y es que estuve tantos años sin dormir por aquel amor. El de siempre, el de toda la vida. Al que me entregué con la ternura y la ilusión de los dieciséis años y al que un día tuve que decir: "¡Basta! No quieres ver la luna ni el sol ni las estrellas, ni el brillo de tus ojos y los míos. Y tampoco me dejas verlo a mí, que sólo sé mirar a través de los tuyos. Tengo todo el amor del mundo para dar y tú no lo quieres recibir. No puedo obligarte a quererlo. No puedo retenerte para nada. No quiero seguir desapareciendo dentro de tu ceguera. Ya no más."
Entonces, tuve que aprender a mirar a través de mis ojos. A recordar que existo. A leer en el libro de la única vida que tengo. A no tirar más lágrimas ni más poemas por el abismo inerte de tus venas.
Y así llegué hasta aquí. ¡Uy!, pero si ya amanece. Los ojos humanos empiezan a abrirse. El ruído comenzará enseguida. Los movimientos decidirán apresurarse. Y la magia de la noche se interrumpirá hasta que las estrellas vuelvan a emerger de nuevo para acunar nuestro sueño. O nuestro desvelo.
O la ternura de una rosa que tomé un día de su mano para dejar en tu regazo.





2 comentarios:
Una día de noche, cuando la ciudad dormía, te me has mostrado en samurai, Gloria, poniendo al aire
aquello de lo que fuiste capaz por ver con la mirada de tus propios ojos la vida y lo que la hace: el
amor.
Otro día de noche, cuando ardían las hogueras de San Juan, me plantaste en la mesa de mi vida
tus dos hogueras de un rojo bermellón lujurioso a reventar para que te disfrutase al verlas.
Otro día de noche, me has enseñado que hay que pedirle a la luna cuando está creciendo, y así lo he hecho. Y por eso, un día de día, me he encontrado tus dos libros-luz: 'Un Curso de Milagros' y 'El libro azul'; y otro día de noche, me has hecho sentirme en el beso de tu sueño, y gozar de que la humedad del amor te azabacheara los ojos y te abrillantara toda entera al socavar con tus labios mi perfume alcanforado.
Friede
Friede, tus palabras son siempre tan bellas...
Besitos.
Gloria
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